Dieron las doce en el campanario de la pequeña ermita que se
hallaba en mitad del camposanto. Delante de la puerta de la entrada se erguía
una mujer enlutada y pálida. Visiblemente nerviosa, la dama parecía guardar a
alguien en el cementerio.
Era una mujer muy triste que desde que se había
muerto su madre, unos años antes. Desde ese día su alma se quedó en el
cementerio y, a partir de las doce de la noche, ella hacia cualquier cosa para que se fueran los
últimos visitantes porque quería estar sola. Aquella noche, el enterrador fue a visitar María, que así se
llamaba la mujer y a regalarle unas
flores, pues estaba enamorado de ella.
Esa noche la madre de María se le apareció al enterrador y dijo:
-¿Por qué no me lo dijiste, por
qué no me dijiste que amabas a mi hija? Si me lo hubieras dicho
no me habría suicidado ya que lo hice por miedo a no saber cuidarla ya
que me encontraba muy agotada y enferma.
El enterrador le respondió: No me atreví a decírtelo por miedo a tu incomprensión, siempre me pareciste
una mujer dura e inflexible, yo creí que pondrías obstáculos a nuestra relación.
La madre contestó: ¡Qué gran error! ¿Cuánto tiempo
perdido… pero yo sé que mi hija te quiere, aún podéis tener una segunda
oportunidad…!
Y dijo el hombre: Voy corriendo a
buscar a María y suplicarle que se case conmigo… gracias por tus palabras…Te prometo que nunca te van a faltar flores en tu tumba.
El hombre encontró a María en la
puerta del cementerio. Ambos se miraron.
-Te quiero- dijo él- , siempre te
he querido.
-Yo también te amo,-dijo ella-
Y se fundieron en un largo y
cálido abrazo y sus labios se unieron.
La madre de María sonrió, feliz,
en su tumba.
TANIA JIMÉNEZ
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