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miércoles, 4 de noviembre de 2015



 

                                                         LA SOMBRA

Dieron las doce  en el campanario de la pequeña ermita que se hallaba en mitad del camposanto. Delante de la puerta de la entrada se erguía una mujer enlutada y pálida. Visiblemente nerviosa, la dama parecía guardar a alguien en el cementerio.

 Era una mujer muy triste que desde que se había muerto su madre, unos años antes. Desde ese día su alma se quedó en el cementerio y, a partir de las doce de la noche,  ella hacia cualquier cosa para que se fueran los últimos visitantes porque quería estar sola. Aquella noche,  el enterrador fue a visitar María, que así se llamaba la mujer y  a regalarle unas flores,  pues estaba enamorado de ella. Esa noche la madre de María se le apareció al enterrador y dijo:

-¿Por qué no me lo dijiste, por qué no me dijiste que amabas a mi hija? Si me lo  hubieras dicho  no me habría suicidado ya que lo hice por miedo a no saber cuidarla ya que me encontraba muy agotada y enferma.

El enterrador le respondió:  No me atreví a decírtelo por  miedo a tu incomprensión, siempre me pareciste una mujer dura e inflexible, yo creí que pondrías obstáculos a nuestra relación.

 La madre contestó: ¡Qué gran error! ¿Cuánto tiempo perdido… pero yo sé que mi hija te quiere, aún podéis tener una segunda oportunidad…!

Y dijo el hombre: Voy corriendo a buscar a María y suplicarle que se case conmigo… gracias por tus palabras…Te  prometo que nunca te van a faltar  flores en tu tumba.

El hombre encontró a María en la puerta del cementerio. Ambos se miraron.

-Te quiero- dijo él- , siempre te he querido.

-Yo también te amo,-dijo ella-

Y se fundieron en un largo y cálido abrazo y sus labios se unieron.

La madre de María sonrió, feliz, en su tumba.
 
 
                                                                                 TANIA JIMÉNEZ

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