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viernes, 27 de noviembre de 2015

La dama velada

Dieron las 12:00 en el campanario de la pequeña ermita gótica, que se hallaba en mitad del camposanto. Delante de la puerta de entrada, se erguía una mujer, enlutada y pálida, visiblemente nerviosa, la dama parecía aguardar a alguien…

Mejor veamos como hemos llegado a este punto…

Nuestro protagonista se llama Mark, un joven de cuarto curso de secundaria, con un pasado terrorífico. Cuando Mark iba a segundo curso, salía con una chica hermosa y muy popular, pero un día Mark de escapó de casa cogiendo el coche de su padre.  Los enamorados se escaparon y, sin saberlo aún, pasaron su última noche juntos ya que,  de vuelta a casa,  una tormenta se les echó encima y las ruedas del coche no pudieron frenar a tiempo…y se salieron, chocaron contra un árbol y ella murió…

Dos años más tarde,  cada dos meses,  Mark va al cementerio a culparse de lo que pasó aquella noche de tormenta, y así, aquel día. Víspera de la noche de difuntos, fue como solía  a rezar un poco al cementerio, cuando dieron las doce  en el campanario de la pequeña ermita gótica, que se hallaba en mitad del camposanto. Delante de la puerta de entrada, había una mujer, enlutada, pálida y visiblemente nerviosa.  la dama , con la cabeza recubierta por un pañuelo parecía aguardar a alguien, Mark se quedó casi un minuto mirándola hasta que se arrodilló, echándose las manos a la cara para empezar a llorar, Mark se acercó a ver qué pasaba y ella se dio la vuelta, no podía ser verdad…era su  novia.

Esto es lo que he podido reunir sobre la desaparición de Mark Anthony, un joven del que nunca más se supo nada…;  por cierto mi nombre es Jack y soy investigador profesional.


                                MATEO ÁLVAREZ


  Espantosa noche de Halloween.


Eran las 23:00 de la noche de la víspera de Halloween, sola en casa, como siempre. Inesperadamente, sonó el teléfono, causándome desconcierto a la vez que me sobrecogió. Era Carla. Su llamada me sorprendió, pues apenas habíamos intercambiado un par de frases en el instituto.
- ¿Quieres venir a mi fiesta a las ocho y media?
- Claro, allí estaré. – contesté, pues no todos los días me invitan a una fiesta.
- Pero estate allí a las ocho y media, ni un minuto más, ni un minuto menos. – y, sin esperar respuesta, colgó.
Me resultó complicado encontrar la dirección. Era una gran casa  situada en la periferia. Observé que estaba iluminada y la música sonaba a un volumen muy elevado, llamé al timbre, pero nadie contestó, sin embargo, la puerta se abrió. Pasé, no había ni un alma. Había vasos y colillas tirados en el suelo. Me dirigí al jardín mientras oía la estruendosa música y los vasos de plástico crujiendo bajo mis zapatos. Estaba sola. Empecé a pensar en lo ingenua que había sido, pues si hasta ahora no me habían invitado a ningún lado, porque lo iban ha hacer ahora. Corrí hasta el piso de arriba y comencé ha abrir todas las puertas de aquel largo y sombrío pasillo. Seguía estando sola allí. Dispuesta ha irme de aquella vivienda y olvidar aquel rato de mi vida y hacer como si no hubiera sucedido, baje las escaleras rápidamente y volví hacia la puerta. Baje la manilla y tire pero no se abría. Tire con más fuerza pero esta no cedía. Empecé a desesperarme y busque la ventana más cercana. Corrí hacia ella y intente abrirla, pero esta también estaba bloqueada. En esos instantes de locura y desesperación se me ocurrió coger una silla, intentar partir el cristal y salir de allí, pero un olor a quemado me detuvo. Miré detrás de mí y vi como el fuego se estaba comiendo cada palmo de la casa, aterrorizada corrí hacia las escaleras, pero en el piso de arriba todo estaba en llamas. Busqué mi móvil para llamar a emergencias, no estaba. Viendo como todo estaba ardiendo, me senté, derrotada, ya que al irme al piso e arriba el fuego había llegado a todas las vías de salida posibles. Mis ojos se inundaron y seguidamente sentí el sabor salado de las lágrimas, chillé con todas mis fuerzas. Instantes después el humo llegó a mí, asfixiándome, sentí como cada centímetro de mi cuerpo se debilitaba a medida que pasaba más tiempo acompañada de aquella espantosa lumbre. De repente, todo se volvió negro. Pero la muerte aún no quería que me fuera con ella. Desperté en una sala blanca, estaba llena de cables. Entró mi madre y al verme despierta empezó a llorar y ha decirme que me quería, y que todo había pasado. Observé mi cuerpo, lleno de quemaduras, aquellas cicatrices se quedarían conmigo hasta la muerte, y me recordarían aquella noche en la que la muerte me rechazó. Aquella espantosa noche de Halloween.

April Spinoso 

viernes, 6 de noviembre de 2015

Sucedió una noche de verano


Sucedió una noche de verano

Lo recuerdo como si hubiera sido ayer, pero en realidad fue hace cinco años en una larga noche de verano. Había tenido una pelea muy fuerte con mi madre y me fui de casa. Cogí todos mis ahorros y alguna que otra prenda de ropa.
Entonces tenia dieciséis años, no era consciente de lo que hacía, solo sabía que estaba muy enfadada, pero entonces no me arrepentía de irme y nunca lo haré. Era tarde y estaba muy estresada tras a pelea con mi madre. Entonces decidí ir a dar un paseo por la playa. Estaba oscuro y fue entonces cuando me di cuenta de que había olvidado mi teléfono en casa. Pero tenía demasiado orgullo como para volver a por él. Así que seguí mi camino por la playa. Decidí acercarme hasta la orilla. Aunque no sabía nadar me gustaba mucho el mar, y esa noche la marea estaba muy tranquila. Me prometí que solo me afrentaría en el mar hasta que el agua me llegara por las rodillas, Pero me dejé arrastrar por la marea. Mientras me relajaba me puse a pensar que haría cuando saliera del agua. Estaba flotando en el agua con la cabeza mirando al cielo estrellado. Decidí que ya debía irme, pero cuando me fui a incorporar  me di cuenta de que no llegaba al suelo. Como no sabía nadar empecé a asustarme porque estaba demasiado lejos e la orilla. Apenas conseguía mantenerme a flote y estaba tragando grandes cantidades de agua. Sentía como la marea me arrastraba lentamente hacia adentro. No servía de nada gritar, nadie podía oírme, era medianoche y la calle estaba completamente desierta. Cuando pensaba que era mi fin lo vi. Había alguien en la orilla de la playa. Desde la distancia a la que estaba solo podía distinguir que se trataba de un hombre. Parecía que me había visto, y estaba en lo cierto. Lo vi correr a por un flotador y cuando me di cuenta ya estaba a mi lado. Fue tirando de mi hasta la orilla. No podía ver su rostro, ya que me daba la espalda para nadar. Cuando me dejó en la orilla pude ver su cara. Parecía un chico de mi edad, aunque nunca antes lo había visto. Me preguntó como me encontraba pero cuando iba a responderle y agradecerle lo que había hecho por mi me desmayé, había tragado demasiada agua.
Cuando me desperté me encontraba en el hospital con mi madre llorando a mi lado, culpándose por lo que me había pasado y lo que me podría haber sucedido si él no me hubiera salvado. En ese momento me acordé de él y pregunté. Mi madre me explicó que fue él quien llamó a la ambulancia, pero cuando llegó el vehículo tan solo estaba yo tapada con una chaqueta que probablemente sería suya.
Desde ese día aún conservo su chaqueta y siempre la llevo encima con la esperanza de que algún día lo encontraré y podré devolvérselo. También quiero agradecerle lo que hizo por mi aquella noche, ya que en su momento no pude hacerlo.
Y hoy, cinco años después, mientras iba corriendo porque perdía el tren, me choqué con él. Estaba muy cambiado, pero enseguida supe que era él, y por como me miró, supe que él también me había reconocido. Estuvimos mirándonos sin decirnos nada, ninguno se esperaba encontrarse con el otro ahora. Me puse a sacar su chaqueta de mi bolso y le abracé. Y mientras él me devolvía el abrazo, yo lloraba en su hombro agradeciéndole como me había salvado aquella noche de verano…


Laura Linares

miércoles, 4 de noviembre de 2015



 

                                                         LA SOMBRA

Dieron las doce  en el campanario de la pequeña ermita que se hallaba en mitad del camposanto. Delante de la puerta de la entrada se erguía una mujer enlutada y pálida. Visiblemente nerviosa, la dama parecía guardar a alguien en el cementerio.

 Era una mujer muy triste que desde que se había muerto su madre, unos años antes. Desde ese día su alma se quedó en el cementerio y, a partir de las doce de la noche,  ella hacia cualquier cosa para que se fueran los últimos visitantes porque quería estar sola. Aquella noche,  el enterrador fue a visitar María, que así se llamaba la mujer y  a regalarle unas flores,  pues estaba enamorado de ella. Esa noche la madre de María se le apareció al enterrador y dijo:

-¿Por qué no me lo dijiste, por qué no me dijiste que amabas a mi hija? Si me lo  hubieras dicho  no me habría suicidado ya que lo hice por miedo a no saber cuidarla ya que me encontraba muy agotada y enferma.

El enterrador le respondió:  No me atreví a decírtelo por  miedo a tu incomprensión, siempre me pareciste una mujer dura e inflexible, yo creí que pondrías obstáculos a nuestra relación.

 La madre contestó: ¡Qué gran error! ¿Cuánto tiempo perdido… pero yo sé que mi hija te quiere, aún podéis tener una segunda oportunidad…!

Y dijo el hombre: Voy corriendo a buscar a María y suplicarle que se case conmigo… gracias por tus palabras…Te  prometo que nunca te van a faltar  flores en tu tumba.

El hombre encontró a María en la puerta del cementerio. Ambos se miraron.

-Te quiero- dijo él- , siempre te he querido.

-Yo también te amo,-dijo ella-

Y se fundieron en un largo y cálido abrazo y sus labios se unieron.

La madre de María sonrió, feliz, en su tumba.
 
 
                                                                                 TANIA JIMÉNEZ